De la dependencia de los cuerpos a la autonomía de sostén y de apoyo (*)

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(*) Por Silvina M. Aiello: Psicomotricista. Consultora en Porteo CEB.

En el devenir del desarrollo, el bebé pasa de la indiferenciación y dependencia del adulto a una construcción progresiva de diferenciación y autonomía de los cuerpos. Esta dependencia se debe a que el cachorro humano, a diferencia de otros mamíferos, necesita de un tiempo de maduración y desarrollo que se realiza fuera del útero materno, y precisa inevitablemente del vínculo humano, relación atravesada por el lenguaje. Estas primeras relaciones son esencialmente relaciones corporales, en las que el contacto con el cuerpo del adulto toma entidad de necesidad vital.

Daniel Calmels, psicomotricista y escritor argentino, plantea justamente que “una necesidad básica del recién nacido es el sostén materno, necesidad de marcada importancia con relación a otras, fundamentalmente porque el nacimiento se caracteriza por un pasaje del organismo de la madre al mundo externo, con la consecuente pérdida del entorno envolvente que lo sostenía” (Calmels, D., 2001). Y desarrolla una diferenciación interesante entre los términos “sostén” y “apoyo”, que nos permiten pensar el desarrollo del bebé y, junto a él, la función del porteo como acompañamiento de ese desarrollo singular.

Para el autor, el apoyo refiere específicamente al “contacto, fuente de información a partir del roce, de la presión, de la acomodación del cuerpo sobre las superficies” (Calmels, D., 2010), que está dada en esta primera etapa principalmente por el contacto con el cuerpo de quien lo sostiene. Por su parte, el sostén pone en juego “el lazo de unión con el otro”, está referido a la postura humana. “En el niño de brazos, sostén y apoyo se amalgaman”, por lo que es más pertinente hablar de sostén de apoyo. “El niño no puede sostenerse, o sea, variar y mantener una postura por sus propios medios. En este sentido, sostener es mantener firme, dar respaldo y continencia (referido aquí a quien no lo puede obtener por sus propios medios). Apoyar, en cambio, sería brindar espacios de contacto para que el sostén pueda desarrollarse. En la medida en que el niño puede sostenerse por sus propios medios, sus apoyos varían” (Calmels, D., 2012).

En la práctica del porteo, los contactos están dados por el cuerpo del adulto y la tela como extensión corporal, sosteniendo al bebé en posición erguida y, por lo tanto, configurándose un tipo de contacto que está dado por la suspensión del cuerpo del bebé entre la tela y el tronco del porteador. Mientras más pequeño sea el bebé, conforme su desarrollo, mayores deberán ser los puntos de contacto con el portabebé, evitando efectos no sólo en tanto forzamiento del sistema óseo-músculo-articular, sino también a nivel de la organización tónico-postural y motriz.

A medida que el bebé crece, las necesidades y demandas de contacto y de movimiento se van transformando: los modos de sostén (del pecho del adulto al brazo, a la mano, a la  mirada o a la presencia de la voz) ya no están basados en contactos de apoyo, pues al mismo tiempo la base de sustentación se va reduciendo (de los brazos de la madre, a la cuadripedia, a la sedestación, a la bipedestación, inclusive a la posibilidad de saltar, que implica la pérdida de los apoyos).

Es por eso que cuando hablamos de porteo tenemos que pensarlo desde un punto de vista dinámico, en movimiento constante, como sucede con el desarrollo mismo. La dirección del desarrollo propone el pasaje de una relación de dependencia corporal del adulto, a una progresiva autonomía de sostén y de apoyo.

Calmels, Daniel (2010). “Juegos de crianza. El juego corporal en los primeros años de vida”. Editorial Biblos, 3ra. edición. Buenos Aires, Argentina.
Calmels, Daniel (2012). “Del sostén a la transgresión. El cuerpo en la crianza”. Editorial Biblos, 3ra. edición. Buenos Aires, Argentina.